Reflexiones en torno ala existencia humana (ensayos) por Alberto Aguilar Ruiz - Versão HTML

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REFLEXIONES EN TORNO A LA EXISTENCIA HUMANA

(ENSAYOS)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALBERTO AGUILAR RUIZ

A SIGMUND FREUD,

IN MEMORIAM.

 

 

 

 

A ERICH FROMM,

IN MEMORIAM.

 

 

 

 

A ROGELIO RODRIGUEZ RUIZ,

POR TODO SU APOYO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE GENERAL

Introducción…………………………………………………………………5

 

El amor enajenado en la sociedad actual…...…….........................................9

 

Reflexiones en torno al desarrollo

integral del ser humano…………….………...............................................23

 

Psicoanálisis de la violencia social

en el México de hoy......................................................................................56

 

La religión y el psicoanálisis........................................................................85 

 

La búsqueda desesperada por la felicidad..................................................117

 

El fútbol y el psicoanálisis..........................................................................127

 

¿Es necesario asesinar a los padres

para que los hijos puedan ser felices?........................................................138

 

¿Cómo armonizar el desarrollo cultural

y la felicidad humana?................................................................................177

 

La juventud, el éxito y el dinero en la

sociedad actual............................................................................................202

 

Sobre el enamoramiento……………………………………………….……230

 

Sigmund Freud: ¿genio o megalomanía?................................................243

 

Los y las cantantes pop y la enajenación juvenil………………………….250

 

Consideraciones sobre “el día del amor y la amistad”……………………...258

 

El lenguaje y las creencias……………………………………....…………262

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION

 

En la segunda década del nuevo milenio la situación actual del hombre (hablando en términos de género y no de sexo) sigue manifestándose de una guisa oscura y densa para poder atisbar un haz de luz en cuanto a su libertad y felicidad. De tal manera que los avances tecnológicos, en las telecomunicaciones y demás esferas del conocimiento humano no han, desde mi punto de vista, coadyuvado para lograr el supuesto objetivo: hacer más placentera la vida humana.

  Sin embargo, las noticias diarias en periódicos, en la radio y en la televisión muestran una mayor violencia de todo tipo que perturba y desarmoniza la convivencia en sociedad, por un lado, y por el otro, las nuevas herramientas que día a día ofrecen las telecomunicaciones sólo permiten un mayor aherrojamiento del ser humano hacia dichos avances tecnológicos. Esto ha redundado, sin lugar a dudas, en la ingente represión por la que atraviesa la sociedad, no sólo mexicana sino mundial, y no me refiero a la física sino, sobre todo, a la psicológica y sexual a la que están siendo sometidos hoy día.

     No se  puede  pensar  que  el  hombre  esté  en  la  mejor  etapa  de  la existencia humana -históricamente hablando-, pues existen una cohorte de situaciones que afectan, condicionan, impiden un desarrollo pleno e integral en su condición de sujeto (éste término entiéndase sin su connotación filosófica). Así, se puede entender la causalidad de diferentes actitudes sociales que no abonan para una franca armonía social. En este sentido, podemos hablar del amor, la amistad, todo tipo de relaciones interpersonales; de la propia mercantilización del ser humano, al volverse el dinero la medida de todo.

Este contexto sociohistórico es el que nos induce a escribir una serie de ensayos-reflexiones sobre diferentes tópicos, todos concernientes, sin duda, a reflejar la actual condición del ser humano en el mundo de hoy, el mundo hipertecnificado, de la hipermercantilización, de la deshumanización, y como diría Erich Fromm: la preeminencia del tener sobre el ser, es el óbito del sujeto.

Abordaremos el tema del amor, a partir de la dicotomía amor desenajenado (que es la propuesta de trabajo)- el amor enajenado (que es, desde nuestra perspectiva, lo que sucede actualmente); se reflexionará sobre las condiciones existentes que impiden un desarrollo pleno e integral del ser humano y, desde luego, las situaciones que deben prevalecer para lograr dicho fin; la violencia social que se vive en la sociedad mexicana desde los feminicidios, los suicidios infantiles, las violaciones sexuales a mujeres, siendo tres tipos de violencia que evidencian una clara y rotunda descomposición del tejido psico-social; la relación entre la religión y el psicoanálisis haciendo hincapié en el aspecto condicionante que ejerce aquélla sobre el hombre a través de toda su vida; los intentos desesperados del hombre por lograr la felicidad, pero ¿qué es ésta?, ¿cómo alcanzarla?, reflexionaremos sobre ello;  sin duda, un fenómeno social de gran importancia, no sólo en México sino en todo el mundo, es el fútbol como catarsis de la frustración social que vive diariamente el ser humano, esto lo analizaremos desde la perspectiva del psicoanálisis clásico; un tema de sumo interés para entender el devenir ulterior del hombre adulto es la relación que se realiza con los padres, de ésta pueden surgir muchos elementos para comprender la actitud de dicho sujeto; no podemos, en este sentido, soslayar la relación entre el avance cultural y y la felicidad humana, esto a partir del excelente ensayo de Freud “El malestar en la cultura”, servirá de base para reflexionar sobre la situación actual del hombre en el contexto que hemos comentado; también, se analizará el desarrollo de la juventud actualmente tomando como parámetros de actuación el binomio que degenera todo tejido social: el éxito y el dinero; reflexionaremos sobre la etapa del “enamoramiento”; haremos un análisis sobre la personalidad de Freud, ¿si es un genio o sólo un megalómano?; también reflexionaremos sobre la injerencia de la música pop sobre la juventud; de igual manera, haremos una reflexión sobre “el día del amor y la amistad” y, finalmente, tocaremos el tema del lenguaje y las creencias. Estos serán, grosso modo, los textos que constituyen este libro.

No es promisorio el panorama para alcanzar la felicidad ni, mucho menos, decidir por el ser y disminuir la presencia del tener. Sin embargo, el hombre mientras tenga vida podrá seguir buscando la manera de deslindarse de tantas cadenas que lo aherrojan a una existencia sin libertad y total condicionamiento en su devenir diario. En este haz de ensayos-reflexiones no se busca descubrir el agua tibia, ésa ya está descubierta, sino de encontrar algunos elementos que coadyuven a un desarrollo integral y pleno del ser humano. Ese es mi propósito y mi deseo.          

EL AMOR ENAJENADO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

 

¿Nacemos para amar, o, por lo menos, intentamos amar y ser amados? En este intento se nos puede ir la vida, y sin embargo jamás hallar el “amor pleno“. Pero, ¿este tipo de amor será realmente el amor verdadero?  No lo creo, mas este tipo de “amor” que no es otra cosa que un simple “amor enajenado” es el que emerge en nuestra sociedad. En toda relación amorosa1 subyace, bajo el esquema actual, una actitud enajenada. Esta situación es muestra inequívoca de la actitud patológica que presenta la sociedad contemporánea. Mas, el  verdadero amor no radica en la subordinación de uno hacia el otro, ni tampoco en la pérdida de identidad de uno de los dos, sino en la entrega total pero sin perder un adarme de independencia ni la autonomía propias. Aquí radicaría el quid del amor desenajenado, que conlleva una relación distinta entre la pareja. ¿Por qué? Porque si no se entiende esta situación, no existirá, simplemente, un verdadero amor en la pareja.

Es en lo carnal, es decir, sexual, donde se halla el elemento terrenal del amor. “Porque el amor no es en el fondo ni idea ni volición; es más bien deseo, sentimiento; es algo carnal hasta en el espíritu. Gracias al amor sentimos todo lo que de carne tiene el espíritu”2. Escapamos, de tal guisa, de lo etéreo por medio de esta relación carnal. Pero, ¿solamente en lo carnal podremos hallar el amor?  O podríamos también interrogar: ¿lo carnal es sólo una parte del amor? Ambas cuestiones no se excluyen entre sí y, tal vez, se complementan. En el profano el momento cúspide de la relación amorosa es el acto sexual. Solamente mediante el coito se llega a la consolidación amorosa. Es la entrega, pues, la que permite pensarnos y, sobre todo, sabernos parte del otro. Aunque, vale mencionar, el amor carnal no es capaz, por sí solo, de mantener el amor en la pareja. ¿Acaso amor es igual que pasión? Solamente de esta manera podría aceptarse que el acto sexual mantiene “la llama ardiente de la pasión” -frase trillada, mas ejemplificadora para el sentido de la idea- y, por ende, ¿del amor?  Sin embargo el amor y la pasión no son lo mismo, y el acto sexual no es suficiente para garantizar el amor.

En el amor se entrega todo a cambio de nada, suele pensarse y, muy a menudo, se dice. Esto forma parte de la idea colectiva (diríamos que es pábulo del inconsciente colectivo, como diría Carl G. Jung) de que toda relación amorosa conlleva un dejo de sacrificio. Y es, en este sentido, que irrumpe una concepción -errónea, a mí parecer- de un “amor enajenado”, pues se tiene uno que deshacer de ciertos elementos constitutivos para adaptarnos al gusto del otro integrante de la “pareja amorosa”. Entonces, uno se vuelve un no-ser para que el otro reconforte su ser. Dicho “amor” -y esto es precisamente lo que tratará de demostrar este texto-  no es tal, sino sólo es una relación de sacrificio y auto-enajenación. ¿Una relación así puede resultar benéfica a la pareja? Claro que no, y por ello es que los actuales matrimonios, los cuales no tienen como base el amor desenajenado, fracasan ineluctablemente.

Este “amor enajenado” forma parte del proceso psicológico total del individuo, pues por ser un sujeto (permítaseme utilizar este término sin su connotación filosófica) enajenado no tiene las facultades necesarias y suficientes para poder discernir, dentro de la relación “amorosa”, su individualidad y, conjuntamente, su unión con el otro. Se halla el “individuo enajenado” sumido en la vorágine, hoy día, del capitalismo neoliberal -donde dicho sea de paso, se pierde día con día la propia subjetividad del individuo para tornarse, en un proceso natural del mismo desarrollo del capitalismo, en un objeto más-, el cual impide al hombre “auto-saberse” como un sujeto libre y racional, y, de esta guisa, relacionarse conscientemente con otro individuo libre. Mas lo que sucede es, precisamente, lo contrario: como se sabe un “objeto” más se relaciona de igual manera con otro “objeto”, produciéndose, con dicha actitud, una unión enajenante de origen y, por ende, incapacitada para vivir un amor pleno y desenajenado. “Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar  su ’bagaje de personalidad’ y confiar en que la transacción sea equitativa”3. ¿Cómo puedo amar, en este tenor, si ni siquiera soy un individuo, sino solamente soy un “objeto” más dentro de la sociedad capitalista?

Erich Fromm veía esta situación en la década de los 60;  hoy, cincuenta años después, y hallándonos en el estadio más atroz del sistema capitalista, el hombre ya ni siquiera aspira a amar, sino sólo a sobrevivir. Ha avanzado ineluctablemente el proceso de enajenación entre las “sociedades modernas”. La sociedad mexicana tan permeada por el pensamiento imperial (entiéndase por los Estados Unidos) ha sobrevalorado el principio de la utilidad (diríase que son proclives a la filosofía pragmática) en perjuicio del espíritu solidario (entiéndase por tal el compromiso claro, incondicional y permanente por el otro) y, sobre todo, en detrimento, inversamente proporcional, del amor pleno y desenajenado.

Ahora bien, las condiciones sociales y psicológicas participan, sin duda alguna, en el desenvolvimiento personal permanente. No es dable pensar, en este sentido, que un joven que vive en una sociedad enajenada, oprimida, y en la cual él desarrolla un papel de sumisión, esté en condiciones de compartir una relación amorosa desenajenante, si ni  siquiera puede darse cuenta de su verdadera condición dentro de la dinámica social. Cabe pensar que su papel dentro de la relación amorosa le creará, de igual manera, una deformación de su verdadero papel en el amor, pues no se reconoce a sí mismo como un sujeto libre, pensante y, sobre todo, único. Es decir: la enajenación llega a tal grado que los individuos se reconocen, únicamente, como partes integrantes de una masa amorfa, donde alguien, desde afuera, ejerce el verdadero control sobre de ellos (puede ser “Dios”, el destino, la moral, el mismo Estado, la propia sociedad).

En la relación amorosa existe la intención, sin embargo, de fundirse en “un solo ser”. De tal manera que dicho “amor” se solidifique y no pueda, por tanto, desvanecerse con la más mínima ráfaga de viento. Mas, ¿qué subyace en ese “fundirse en un solo ser”? ¿Acaso, con dicha actitud, no se está promoviendo la pérdida de la propia identidad y el “nacimiento” o, mejor dicho, “la constitución” de un “otro” que ya no es uno mismo? No podemos pensar que el amor significa, precisamente, la pérdida de identidad, la evanescencia de nuestro propio ser para “convertirse” (esta conversión es sumamente deseada en las relaciones de pareja) en otro. Dicha percepción “amorosa”, sin duda alguna, evidencia el proceso enajenante que se vive en este no-amor de pareja.

En el mal llamado amor-de-pareja no hay comprensión, no hay reconocimiento mutuo, son dos personas que no se desnudan plenamente, sino que visten su ser para formar, entre ambos, una apariencia que llaman, por convención social, “amor”. Y, desde luego, más vale -dicen- juntar dos soledades, que permanecer solitarios. Pero cuando se juntan dos soledades no es, necesariamente, resultado del amor, sino más bien es producto del miedo a la soledad. ¡Y qué otra cosa puede esperarse, si la soledad es el bálsamo para el conocimiento y éste está muy alejado de la mayoría de la sociedad! De tal suerte que “se establece una alianza de dos contra el mundo, y se confunde ese egoísmo à deux con amor e intimidad”4. Y en ese egoísmo se basa la relación, hasta que la apariencia del “amor” se vuelve insostenible para ambos. Un acuerdo se realiza, donde ninguno de los dos sabe presentarse como es: “lo importante es que el otro me vea como quiere, desea, verme y no me vea como realmente soy, como soy de verdad”, esta premisa es el fundamento de los noviazgos y el argumento de los fracasos matrimoniales.

En el amor carnal esto sucede con mayor asiduidad. “Cada uno de los amantes es un instrumento de goce inmediatamente y de perpetuación mediatamente para el otro”5. Uno y otro, durante el momento de la fornicación, se convierten en un medio para gozar en el momento, y posteriormente se siguen utilizando para perpetuarse en el otro. Empero, en ambos momentos siempre se está en función del otro, aun cuando sea recíproca la relación; no se piensa en la plena identificación de cada uno como ser único -repito- y, principalmente, como una identidad propia que no es dable intercambiar ni, mucho menos, reconocerla a partir de la actuación del otro. Y es en este acto sexual que la pareja, por inconsciencia y por su propia enajenación, piensa que ha llegado al “amor“: el acto sexual genera el amor, y no el amor propicia el acto sexual. “El amor no es el resultado -nos dice Fromm- de la satisfacción sexual adecuada; por el contrario, la felicidad sexual -(...)- es el resultado del amor”6.

Es en los noviazgos, principalmente, donde se aprecia, con mayor asiduidad, una cáfila de  actitudes propias de este “amor enajenado” que se ha venido describiendo. Mientras los jóvenes son novios no tiene importancia ningún evento que suceda en el mundo exterior a esa pareja, solamente lo que importa es lo que sucede en su pequeño mundo interno: lo que sucede dentro de la relación. Huelga decir que los jóvenes, y sobre todo en la actualidad, viven sumidos en una ingente enajenación y, como consecuencia lógica, sus relaciones, sin importar la naturaleza de éstas, se hallan permeadas por el proceso enajenante en el  que se encuentran. De tal guisa, el amor que emerge de la pareja no escapa a tal situación. Es, entonces, que hallamos toda una cohorte de frases y expresiones que confirman este “amor enajenado” en el noviazgo, pero también las encontramos en el matrimonio: “él o ella son lo máximo”; “es el amor de mi vida”; “no sé que haría si él o ella me faltara”; “sin él o sin ella yo me muero”; “ella o él es todo para mí”; “mi mundo es ella o él”, y otras tantas expresiones más en el mismo sentido.

Uno de los primeros elementos que evidencia este proceso de enajenación en el amor sucede cuando él o ella empiezan a perder su identidad (aunque ésta prácticamente no existe en el sujeto enajenado) y se empiezan a identificar plenamente en función del ser del otro. Me explico: el enamorado va deshaciéndose -literalmente- de sus características propias para convencer y cautivar al otro, ya no es él sino es lo que quiere que sea el otro. Es, precisamente, en este sentido que surge el velo de la enajenación llamado -bajo esta perspectiva- “amor”, con lo que se pierde la capacidad de discernimiento y, por ende, se da una tergiversación de la realidad concreta. “El amor es el estado en el cual, la mayoría de las veces, el hombre ve las cosas como no son (...) En el amor se soportan más cosas que en cualquier otra situación, se tolera todo”7. Estas palabras de Nietzsche ejemplifican, con enorme certeza, el verdadero estado del individuo que vive, experimenta un “amor enajenado”. Cabría mencionar, en este tenor, que aun cuando Nietzsche habla del amor predicado por el cristianismo, en el fondo, al oscurecer la realidad concreta bajo el velo de la compasión según la religión cristiana, se lleva a cabo un proceso de enajenación. De tal suerte que este tipo de “amor” -al cual hemos denominado, siguiendo en parte el estudio de Erich Fromm, “enajenado”- es producto, en Nietzsche, del cristianismo y, por supuesto, del ambiente de decadencia; en Fromm es producto de la enajenación que propala permanentemente el sistema capitalista. Valdría preguntar a guisa, únicamente, de reflexión: aun cuando entre la doctrina nietzscheana y la doctrina marxista hay evidentes y abismales diferencias, ¿habrá algún dejo de equivalencia entre el concepto de decadencia en Nietzsche y el concepto de enajenación en Marx?8

Debo  hacer una puntualización. Debe quedar claro que el amor per se no es enajenante. Sería una estupidez pensarlo. Enajenante es el medio en el que se desarrollan las personas; es enajenante el sistema socio-económico-político y, por lo tanto, están enajenadas las personas, con lo que todas sus relaciones -sin importar la naturaleza de las mismas- se establecen, se desarrollan y devienen bajo esquemas enajenantes. ¡Por eso este tipo de “amor” es enajenante! Mas el amor -aunque sea una perogrullada decirlo- por ser un sentimiento y escapar -afortunadamente- a la esfera de la razón, no por realizarse entre dos personas desenajenadas pierde el encanto que subyace en él; por el contrario, si el amor se realiza entre dos individuos no enajenados y, por ende, conscientes emergerá una plena comunión entre la pareja que no tendrá nada que ver con lo que se acostumbra observar en el “amor enajenado”. Sin embargo, alguien preguntará: ¿cuál es, entonces, la diferencia entre ambos tipos de amor y, también, cuáles serían las condiciones, las características y los propósitos de cada uno de ellos? Seguiré el análisis para ir respondiendo cabalmente a las anteriores interrogaciones, y así poder llegar a una conclusión sobre el tópico que se reflexiona en este texto.

Ahora bien, continuemos con nuestro análisis sobre la “pareja amorosa”. Es, precisamente, la ruptura de dicha “pareja” la que nos permite observar de manera inequívoca todo el proceso de este “amor enajenante” que perturba al sujeto. ¿Por qué -se podría cuestionar- sucede dicha situación? Como consecuencia de la “relación amorosa enajenante” el sujeto ha establecido todo “su mundo” en función de la relación con el otro, id est, su pareja. Todo gira, en este sentido, alrededor del otro; si éste rompe con él, entonces no tendrá ningún referente dentro de “su mundo” y, por tanto, se sentirá huérfano en cuanto su relación con el mundo real. Este estadio existencial provoca ineluctablemente la pérdida de un sentido en la vida para el individuo abandonado, que lo hunde tanto en un proceso de depresión como, también, en el agudizamiento de su propia enajenación. “¿Qué puedo hacer en este mundo, si ya no está ella conmigo?”, suelen preguntarse los abandonados. Y, podríaseles responder: “Pues qué pequeño es tu mundo, amén de evidenciar tu ingente enajenación”.

Y esto, de ninguna manera, significa que en el amor desenajenado todo se realice bajo esquemas racionales, pensados y calculados. ¡Claro que no! Mas sí significa que después de la ruptura amorosa -situación natural dentro de la relación de pareja- ninguno de los dos quede desprovisto de referentes y de sentidos en el mundo. Primero, porque al relacionarse de manera desenajenada él o ella: todo su “mundo” no depende de la otra parte de la pareja y viceversa, pues sigue conciente del mundo real; por lo que el sentido de su vida no se constriñe única y exclusivamente al amor, sino que sabe, y así lo disfruta, que aquél es sólo una parte -importante, cabría decirlo- del desarrollo integral de su existencia. Segundo, su individualidad nunca se desvaneció dentro de la relación amorosa, con lo que él mantiene enhiesta su identidad, su independencia y autonomía propias. Y, tercero, su auto-reconocimiento como individuo y no como objeto (característica principal del proceso de enajenación) le permite esperar una nueva oportunidad en el amor y no buscar afanosamente una relación inmediata que lo salve de la soledad y de su propio vacío.

La diferencia, pues, entre el “amor enajenado” y el amor desenajenado no es de grado sino de naturaleza. Me parece que ya ha quedado claro cuál es la naturaleza de ambos, por lo que no es necesario ahondar en este punto. Es menester, sin embargo, apuntar que el “amor enajenado” no es, propiamente, amor, sino es un sentimiento degenerado por la enajenación; mientras que el amor desenajenado, es decir, amor pleno, sí es un sentimiento libertado de dicho proceso enajenante. Ahora bien, las condiciones bajo las cuales emergen dichos tipos de amor hallan su venero en dos sentidos: interno y externo. Las condiciones internas estarían basadas, principalmente, en el desarrollo infantil del sujeto en cuanto a la forma de relacionarse con sus progenitores y toda la cauda de educación, moral, costumbres y principios bajo los cuales crezca. Las condiciones externas se basarían, a su vez, en el medio ambiente que lo rodeé durante su etapa de desarrollo socio-cultural. Mas ambos sentidos tienen directa relación con la realidad concreta. De tal guisa que es el medio socio-económico-político-cultural-religioso y, desde luego, la liberación instintual del sujeto los que influyen decisivamente en el ulterior desarrollo del  mismo y, por lo tanto, en su capacidad intelectiva para saberse un individuo y no un objeto o viceversa, y de ahí su proceder en las interrelaciones subjetivas que inicia: ya sea de manera desenajenada o de guisa enajenada. No hay forma de estar enajenado y relacionarse desenajenadamente, y lo contrario: de ser un sujeto desenajenado y relacionarse de manera enajenada.      

Ya se ha hablado de las  características propias de cada uno de los dos tipos de amor que se analizan. Solamente cabría decir que: “El amor como satisfacción sexual recíproca, y el amor como ‘trabajo de equipo’ y como un refugio de la soledad, constituyen las dos formas ‘normales’ -dice E. Fromm- de la desintegración del amor en la sociedad occidental capitalista, de la patología del amor socialmente determinada”. Esto,  desde la  perspectiva en la que se ha desarrollado el presente ensayo, identifica claramente las características del “amor enajenado” que en México, como en todo el mundo capitalista, es el aceptado normal y socialmente hablando. Mas, como bien lo señala Fromm, no es, de ninguna guisa, un amor pleno y verdadero, sólo es una muestra más de la enajenación patológica que vive la sociedad actual. Más adelante, el psicoanalista, habla sobre el verdadero y pleno amor, nos dice: “El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cesando cada una de ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia”9. ¿Qué más se puede agregar? Este fragmento de Erich Fromm explica con total nitidez la esencia básica del amor pleno, de lo que hemos denominado como amor desenajenado. No es a partir de la existencia del otro que se debe experimentar el amor, sino se debe partir de la propia existencia, para que las dos existencias, convergentes en la pareja amorosa, puedan de manera desenajenada y conciente dar nacimiento al verdadero y pleno amor.

Finalmente nos quedaría analizar cuál es el propósito último de cada uno  de  los dos tipos de amor. Sin lugar a dudas, el fin último del “amor enajenado” está fuertemente influido por la concepción judeo-cristiana sobre el amor. En esto Nietzsche es un profundo conocedor, pues explica sabiamente la podredumbre del cristianismo. Menciona que el amor perdona a su objeto hasta el deseo10, esto representa el grado de influencia en el “amor enajenado” por parte de la religión: el perdón como acto de redención. Mas el verdadero propósito del “amor enajenado” es, siguiendo la teoría platónica del amor, la producción de la belleza, ya mediante el cuerpo, ya mediante el alma. Es decir, la generación y la producción de la belleza, entiéndase la reproducción: en ese momento se alcanza la inmortalidad y la trascendencia11. Y como dice Nietzsche: “el cristianismo es platonismo para el pueblo”, de ahí que la reproducción es el verdadero propósito último del “amor enajenado”. ¿Acaso no es lo que pregona el cristianismo como prueba inequívoca del “amor”, en todas sus homilías?

En el amor pleno, desenajenado, la reproducción no es el fin último de la pareja, pues el reconocimiento de ambos surge de su propia existencia y, por lo tanto, no es necesario identificarse a partir de una tercera persona, como sería el hijo. El propósito, pues, del amor desenajenado consiste en la realización de una etapa del desarrollo integral del ser humano, en la cual el amor no debe ser el elemento cúspide de dicho proceso: el eslabón más alto del desarrollo humano deberá ser el conocimiento.

En este tenor es dable mencionar que el amor desenajenado no podrá satisfacerse en las actuales condiciones, pues el sistema capitalista, el cual tiene como característica principal fomentar, propalar la enajenación de la sociedad, no ofrece los elementos básicos para  que se pueda realizar plenamente el amor. Es, por tanto, condición sine qua non destruir, primero, las instituciones enajenantes propias del capitalismo (Estado, iglesia, moral, educación) y, segundo, lograr que los seres humanos se auto-reconozcan como tal para llevar a cabo todas sus interrelaciones subjetivas bajo un esquema ayuno de enajenación. Entonces sí, el amor será un estadio de felicidad, alegría y  bienestar para la persona que lo viva.  

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFLEXIONES EN TORNO AL DESARROLLO INTEGRAL DEL SER HUMANO

 

Ser radical es atacar

el problema por la raíz.

¡Soy radical!

Y la raíz, para el hombre,

es el hombre mismo.

Carlos Marx.

 

I. Palabras liminares.

En el tercer milenio, en este incipiente siglo XXI, el ser humano sigue hallándose en la periferia del núcleo central que, para unos, ha sido “Dios”; para otros, los más, es el capital, y para unos pocos, ha sido la revolución, pero en ninguno de los tres sistemas el hombre -como especie y no como género- ha ocupado el centro del cual partir para el progreso de la humanidad. Aun cuando la modernidad prometió que el hombre sería el punto central de su pensamiento, éste ha estado, sin embargo, y de guisa perenne, en el derredor de dicho centro y, por tanto, no ha sido, pese a todo, el elemento principal para diseñar un sistema económico-político-social que tenga como base elemental la felicidad y el permanente desarrollo de la existencia humana. ¡Qué fácil decirlo y escribirlo, mas cuánta hipocresía se esconde en las palabras pronunciadas por los “Mesías”, de cualquier signo ideológico! Mientras no se hallé, primero, una adecuada armonía entre el mundo interno y el mundo externo del ser humano, no se podrá -más allá de la demagogia y el discurso farisaico- establecer un pleno desarrollo integral del sujeto, y tampoco se estará en condiciones de alcanzar la armonía, en general, para coadyuvar al desarrollo de la nación.

¿Cómo lograr dicha armonía? ¿Qué elementos se necesitan para coadyuvar al desarrollo pleno e integral del ser humano? ¿En qué puede servir el psicoanálisis en esta tarea? ¿Cómo hacer converger los “mundos internos” de cada individuo con el mundo externo de la sociedad en general? No es dable pensar en el desarrollo del individuo con base en la involución de la sociedad y viceversa. El desarrollo integral  del  sujeto, por un lado, y el de la sociedad, por el otro, deben ir en el mismo sendero, bajo la misma lógica, como consecuencia directa del movimiento dialéctico que subyace en toda relación dentro de este mundo.

Dice Neptuno (en La Iliada): “Nace una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean débiles”. Pero, ¿cómo lograr esa unión? Esta unión puede ser resultado, prima facie, del contexto en que subsiste el individuo dentro de su mundo interno. No se puede pensar, mucho menos esperar, que el desarrollo del individuo provenga de una entelequia, que sea resultado de una “divinidad”, o que, simplemente, la armonía social e individual sea un “designio de Dios”. Este es un primer elemento esencial para lograr las condiciones objetivas y suficientes que permitan coadyuvar al desarrollo pleno e integral del ser humano. Si no se parte, en este camino, del principio -válgase la perogrullada- que no es otra cosa que partir del hombre1, se seguirá insistiendo en la innecesariedad del mismo, es decir, se continuará bajo la misma lógica que hasta hoy ha predominado: el principio es el capital, la revolución o “Dios”, según el sistema en el que se esté.

También es menester mencionar que la sociedad actual ha venido desarrollando, por una parte, una retahíla de condiciones para crear un mundo homogéneo, sin respeto a las circunstancias propias de cada nación y, sobre todo, de cada individuo. No se debe perder de vista que el individuo crea a la comunidad y no al revés, como algunos suelen creer. Por otra parte, el avance tecnológico e industrial no ha creado, ni coadyuvado, la construcción de un estadio social más avanzado que permita, sin menoscabo del individuo ni de la comunidad, nuevas instituciones y nuevos códigos sociales para facilitar que el hombre alcance la felicidad deseada. Si no se atacan de guisa radical, es decir, desde la raíz (Marx dixit), estas dos aristas, no se estará en posibilidad de romper, primero, la lógica de enfrentamiento que existe entre el individuo y la comunidad y, segundo, no se podrá erigir un nuevo Estado y, por ende, una nueva sociedad-comunidad y también un nuevo individuo (un nuevo hombre, decía Ernesto Guevara).

Analicemos de manera objetiva, sin prejuicios, pero, eso sí, con compromiso, el mundo interno del individuo, el mundo externo y la sociedad,  para establecer un posible camino alterno al hombre que día a día se halla más sumido en la involución de la sociedad actual.

Sirvan estas palabras liminares, a guisa de introducción.

 

 

II. Mundo interno, individuo y familia.

En la etapa actual el individuo se halla profundamente hundido en una estructura social interna y externa que no permite su libre desenvolvimiento, primero, como un “yo propio” y, segundo, como miembro integrante de una comunidad. Esta situación es resultado ineluctable de un sistema que no tiene como prioridad al ser humano sino al capital, y que, por lo tanto, no ofrece las condiciones necesarias para coadyuvar al desarrollo integral del hombre. Entonces, indaguemos en el mundo interno del individuo para saber qué condiciones psíquicas son las necesarias para que pueda el hombre experimentar una vida llena de vitalidad tanto en su mundo íntimo como en su integración dentro del mundo en sociedad.

¿Qué es “el mundo interno” del individuo? Entendemos por “mundo interno” el proceso psíquico del sujeto. En otras palabras: la estructura constituida por el ello (Freud dixit) -el inconsciente-, el yo -la conciencia- y el super-yo (la autoridad moral), este esquema es, obviamente, tomado de la obra psicoanalítica freudiana2. Si tomamos en consideración que el mundo interno del individuo se empieza a constituir, con respecto a la estructura del ello, a partir del mismo nacimiento hasta, inclusive, los 5 años, aproximadamente, es menester acentuar, en una primera instancia, nuestra ocupación en este intervalo cronológico que va del primer día de nacido hasta la edad de cinco años. Si se acepta la máxima psicoanalítica: “infancia es destino”, se deberá aceptar, por consecuencia lógica, la preeminencia de la etapa infantil en el desarrollo ulterior de la vida del sujeto.

Desde que nacemos nos hallamos directamente relacionados con una persona que es, al mismo tiempo, nuestro primer objeto amoroso: la madre. Y es, precisamente, a partir de aquí que se desarrolla el proceso de nuestra estructura psíquica, es decir, se empieza a constituir nuestro mundo interno. Luego entonces, de esta primera relación hijo-madre se pondrán las bases para el desarrollo ulterior del sujeto en su vida futura. Entonces, ¿qué condiciones se necesitan, se requieren, para construir, a partir de esta primera relación, una atmósfera favorable que coadyuve al desarrollo integral del ser humano? 

Es menester mencionar, en este tenor, que dicha relación se ve influenciada tanto por elementos y/o factores endógenos como exógenos, lo cual implica, de cierta guisa, el análisis desde ambas ópticas o aristas. En esta relación madre-hijo, la primera ejerce inevitablemente una influencia sobre el hijo, pues toda su estructura psíquica, es  decir, su mundo interno, se halla condicionada, perturbada, por las experiencias vividas en su infancia, pero que por encontrarse en el ello, esto es, en el inconsciente, son desconocidas para la madre. Mas esta situación ignota para ella ejerce indiscutiblemente una cohorte de procesos psíquicos en el sujeto infantil, que no le permiten un desarrollo integral y armónico. ¿Cómo romper esta “relación patológica” que se establece entre la madre y el hijo? Pero hay más: al margen de esta perturbación del mundo interno se da en la madre un proceso de enajenación promovido por el sistema socioeconómico en el que se halla, id est, por el mundo externo. Hay dos causales, pues, del proceso psíquico de perturbación: el que se da en la infancia a través de la relación que se establece con la madre, con el padre, la familia y la constitución del mundo interno del sujeto infantil y, también, reviste importancia el mundo externo, la sociedad, el mismo sistema socioeconómico-político que crea las condiciones exógenas del sujeto.